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Ciudades heteropatriarcales y subversión feminista

«Nuestras ciudades son el patriarcado escrito en piedra, ladrillo, vidrio y hormigón»
Jane Darke


Foto: Gerardo Magallón-Desinformémonos


Los estudios de género produjeron investigaciones específicas desde una visión multidisciplinar. Junto con los feminismos, cuestionaron y teorizaron sobre las circunstancias históricas de mujeres, hombres y personas que no entran en esas categorías; y sobre cómo las relaciones desiguales se reflejan en diferentes escalas, con el fin de deconstruir las normas y el conocimiento en distintas disciplinas.


Gracias a estas investigaciones, sabemos que cuando se establecen buenas formas, «neutralidad», características físicas «ideales» y medidas «universales», se crean estereotipos que generan desigualdad social, opresión y marginación hacia niñas, mujeres, personas embarazadas, disidencias sexogenéricas, personas adultas mayores, gordas, de baja estatura, con diversidad motriz, etc., y nos muestra que el diseño, el arte, la arquitectura y todo en el mundo se ha concebido y enseñado desde el androcentrismo, y cómo esto ha moldeado las mentes, los objetos, los espacios y las ciudades.


En este sentido, las decisiones urbanas tomadas por quienes gobiernan son mecanismos para disciplinar los cuerpos y las identidades; reproducen el orden colonial, la heteronormatividad, los roles de género y la clase; mientras que los materiales, plantas, nombres de calles, señalización, el tiempo que duran los semáforos, los espacios y monumentos, nos recuerdan cuál es el orden social implantado.


Los monumentos y las estatuas transmiten mensajes ideológicos que forjan el pensamiento, son la memoria de personajes (hombres), o hechos históricos con los que se glorifican y legitiman las acciones de quienes tienen el poder, son una herramienta para instituir la identidad hegemónica, para establecer subordinación y dictar cómo deben leerse y relacionarse los cuerpos en el espacio.


Un ejemplo de los elementos heteronormativos que construyen e instauran el orden social en México, son los monumentos y las 77 estatuas de hombres colocadas en el Paseo de la Reforma. Las únicas estatuas de mujeres en esta avenida están desnudas o semidesnudas, tienen cuerpos idealizados que «decoran» fuentes y «embellecen» espacios, son figuras secundarias que «complementan» los monumentos de los héroes y se vuelven objetos pasivos al servicio del observador masculino. Aunque están en el espacio público no adquieren poder ni autonomía, porque solo encarnan ideas abstractas, sentimientos y valores sociales simbólicos masculinos que ratifican el discurso patrio; estas mujeres son representaciones universales y ahistóricas del concepto MUJER que construyen convenciones sobre la feminidad, refuerzan los estereotipos de género, la violencia, el racismo, la cosificación de las mujeres, y las excluyen de la participación pública y de la memoria.


Aunque en 2020 se inauguró el Paseo de las heroínas, que representa un avance importante para reconocer la participación de las mujeres en la historia, la gran mayoría de monumentos y espacios públicos en la Ciudad de México siguen siendo masculinos, dividen la convivencia y reflejan la desigualdad.


La primera vez en que realmente se reivindicaron las luchas de las mexicanas en el Paseo de la Reforma, fue aquél histórico 25 de septiembre del 2021, cuando el Frente Amplio de Mujeres que Luchan tomó la Glorieta de Colón, decolonizó el pedestal, colocó la Antimonumenta-Justicia y renombró el lugar como Glorieta de las Mujeres que Luchan, un espacio de memoria y resistencia que honra a todas las mujeres de México que han enfrentado violencias, represión y revictimización por manifestarse en contra de las injusticias; a todas las que con sus luchas han construido nuestra historia y que con labores de cuidados, afectos y dignidad sostienen el país.


A lo largo de la historia las mujeres mexicanas de pueblos originarios, académicas y otras, se han apropiado de los espacios públicos a través del arte, el diseño, las mercaditas y la protesta feminista, para:

  • Reclamar el derecho a la educación, a la salud, al trabajo y a una vivienda digna.

  • Conservar vestimentas, lengua materna e identidad.

  • Obtener espacios en la vía pública para generar ingresos.

  • Cuestionar y decolonizar la historia hegemónica androcéntrica.

  • Luchar contra la discriminación, el racismo, clasismo y olvido.

  • Visibilizar la impunidad, las problemáticas, violencias, abusos e incomodidades que vivenlas mujeres y disidencias sexogenéricas.

  • Decidir sobre sus cuerpos.

  • Exigir justicia tanto para niñas, mujeres y mujeres trans asesinadas, como para sus familiares.

  • Crear una memoria feminista.

Las violencias, desigualdades e impunidad dentro de la estructura heteropatriarcal en México las ha orillado a diseñar estrategias para realizar acciones colectivas con la intención de transformar los imaginarios sociales y crear políticas públicas con perspectiva de género, que no ignoren las desigualdades y violencias, y que no reproduzcan la discriminación a partir de las diferencias biológicas.


Desde mi perspectiva, el diseño es una praxis que nos ayuda a soltar lo innecesario, a crear conexiones, a generar e impulsar proyectos y políticas públicas que transformen las realidades, y a devenir en respons-habilidad, que para Donna Haraway «es una forma de vivir en consecuencia y con las consecuencias […] de aventurarse fuera de los senderos trillados para encontrar parientes inesperadxs, no natales y entablar conversaciones, proponer y responder preguntas interesantes, proponer en conjunto algo imprevisto, asumir las obligaciones no pedidas por haberse encontrado».[1]


La respons-habilidad en la Glorieta de las Mujeres que Luchan, tiene que ver con estar plenamente presentes, con comprometernos, poner atención e identificar qué podemos hacer para impulsar nuestras habilidades, establecer múltiples conexiones de ideas, posturas y culturas que enriquezcan la vida y abran el camino a otras posibilidades para vivir con los problemas de otra manera.


La Glorieta de las Mujeres que Luchan, ha cambiado la perspectiva de muchas mujeres y personas que se han sumado a las luchas y están dispuestas a vivir una vida sin categorizaciones coloniales antropocéntricas basadas en la diferencia, una vida menos binaria y más tentacular.


En ese espacio, pude entender que las mujeres y disidencias sexogenéricas no luchan para obtener poder, sino por la VIDA; aprendí a crear canales fuera del feminismo académico para difundir los conocimientos y experiencias de las personas y mujeres que luchan, sin idealizarlas; a evidenciar las consecuencias de las desigualdades para transformar los imaginarios colectivos; a encontrar vías de acción para construir igualdad y relaciones libres de violencia; a tejer una relación activa con el presente a través del diseño y activismo feminista para subvertir el orden social; a sentir lo que es latir al mismo ritmo a través de la conversación, la empatía, el acompañamiento y la resistencia.


A luchar para que el miedo no esté por encima de la vida; a reconfigurarme(nos) para sentipensar, soñar e imaginar futuros posibles en donde, como dicen las personas zapatistas: «muchos mundos quepan en un mundo»; y a ser disidentes y promover topías, que para Marcela Lagarde son «acciones prácticas emancipatorias para el aquí y el ahora»[2], con el fin de seguir en la búsqueda de horizontes utópicos, y como dicen las mujeres que luchan: «¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!».


 

[1] Haraway, D. J. (2016). Seguir con el problema. Consonni. p.p. 67 y 201.

[2] Lagarde, M. (2012). El feminismo en mi vida. Hitos, claves y topías p.p. 94.

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